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5.4.09

Talking about the revolution

ELVIRA LINDO

El País

05/04/2009

La feliz rutina: tomarme un café con tostadas escuchando la radio. A veces me veo contestando sola, a veces me río. Como el otro día, escuchando a Francino. Hablaban de la buena imagen de España en el extranjero. Por resumir: a Ferran Adrià le homenajeaban en una universidad americana y unos creadores de videojuegos internacionalizaban sus ventas. Eran de Albacete. Una tertuliana concluyó: "Estos chicos, después de venir a probar suerte a la capital, decidieron abandonar su exilio madrileño y volverse a Albacete, y han descubierto que desde Albacete también se puede triunfar". Vaya. Creíamos que vivíamos en un mundo globalizado y ahora resulta que a uno de Albacete que se viene a vivir a Madrid se le denomina exiliado. Pero esto no es viejo. Es antológica la desconfianza con la que los españoles hemos mirado a los que abandonan su tierra. Hoy basta con cambiarse de provincia. No te digo ya si decides irte a otro país. Si decides irte a otro país, siempre hay un grupito que te mira como si te hubieras vuelto gilipollas. "Qué se habrá creído". En el fondo, el resentido agranda tu éxito, tu dinero, tu felicidad. Luego, hay otro grupo, ingenuo y bienintencionado, que te confiesa que haría lo mismo que tú, ¡irse, irse, poner tierra por medio! Al primer grupo, el de los resentidos, que le den morcillas, no quiero llegar a anciana afirmando lo que le oí un día a Jeanne Moreau: "He perdido parte de mi vida ahogada por la ansiedad que me provocaba lo que pensaran de mí". En cuanto al segundo grupo, me preocupa más hondamente, son ese tipo de personas que aspiran a cumplir un sueño irrealizable. Esto viene porque el otro día me escribió un compañero periodista que en estos momentos se encuentra, como tantos otros, en paro. Tras varios meses de inactividad, me dijo que había pensado en hacer la revolución. No pensaba mi amigo en salir a la calle a romper farolas, sino en una revolución personal: marcharse, con su mujer y su niña, a Nueva York. "Ella", me decía, "encontrará trabajo pronto como bailaora de flamenco, y yo trataré de meter la cabeza en un medio hispano. Si no me decido ahora, ¿cuándo?". Lo de hacer la revolución no tenía una connotación ideológica, sino cinematográfica. Por alguna razón, la película Revolutionary road ha intoxicado muchos corazones. No es la primera persona que me ha confesado sentirse alterada por el mensaje que destila la película: cumplamos los sueños antes de que sea demasiado tarde. El divorciado ha visto en la pareja DiCaprio-Winslet el calco del deterioro de su matrimonio; la mujer madura se ha lamentado por ese paso que no se atrevió a dar; la madre ha pensado en los hijos que tuvo sin desearlos, y el parado, que trata de encontrar una solución a su vacío, cree que la respuesta está en América. Pensé en no contestar a su carta. ¿Cómo menoscabar los sueños de otros? Pero, entonces, recordé un cuento de John Cheever que habla de la peripecia de una familia del Medio Oeste que marcha a Nueva York en busca de una vida memorable. Una pareja y una niña. La ciudad les castiga sin clemencia: al tiempo que vacía sus bolsillos, les roba los sueños atesorados durante tantos años. No resulta cómodo frustrar una ilusión, pero lo hice. Le hablé de esa ciudad en la que a buen seguro tendría que compartir piso con niña incluida, de las jornadas de trabajo sin fin, de la cantidad de gente de Queens, del Bronx, de Harlem que, antes que él, sueñan con tener un hueco en la isla; le advertí de la falta de apoyo que tendría para criar a la niña, de lo que es vivir fuera de casa cuando no tienes dinero en el bolsillo, de los periodistas que allí despidieron antes que aquí (son pioneros en todo) y de mí, de mi situación privilegiada. Le pedí disculpas por si en algún artículo he dado a entender que la vida allí es regalada. Y le recomendé, sobre todo, que leyera la novela de Richard Yates. Allí encontraría una lectura distinta. Cuando el matrimonio Wheeler sueña con irse a París, lo que está mostrando es una patética ignorancia: no saben francés, creen que van a encontrar trabajo, se ven a sí mismos como seres elegidos entre el resto de los vulgares vecinos del suburbio. Entran en un estado de delirio, provocado por ella, que sin tener madera de artista cree que sólo la vida de los artistas merece la pena. Encuentran en ese sueño la solución a una relación insatisfactoria y, por las noches, beben y planean su viaje, se ríen de los vecinos y beben, beben y se olvidan de sus hijos. Es un sueño alimentado, sobre todo, por el alcohol, un sueño de los años cincuenta. El novelista observa a su pareja de protagonistas con compasión. No les admira, les compadece. Pero el destino se burla de todo, hasta de la literatura: de pronto, esta novela de fracasados se lleva al cine, la protagonizan dos actores bellísimos y logra intoxicar la mente de espectadores fantasiosos. O fantasean con lo que no hicieron o con lo que debieran hacer. Se convierten ellos también en víctimas propicias de la revolución. Lo contrario, creo, de la voluntad del novelista, que, seguramente, no entendía cómo sus personajes estaban tan ciegos (de alcohol y sueños) que no podían disfrutar de la vida que se les escapa mientras hacían planes.


Como siempre
aquí dejo el link del artículo original.

Genial texto y duro también.
Y yo con el libro de Yates en la mesilla...

2.3.09

Elvira te escribo para decirte...

que soy perrilla como tú...

ELVIRA LINDO 01/03/2009

El País

Una noche, tras dos copas, en un restaurante neoyorquino bastante hortera llamado Russian Tea Room, por el que sentimos simpatía por ser escenario de novelas de Bashevis Singer y de películas como Tootsie, a punto de pedir la nefasta tercera copa, en ese momento en que más que aflorar la verdad afloran las groserías, un amigo que en realidad no lo era tanto me dijo: "Tú es que te vas con cualquiera". Aunque no creo en el célebre dicho que reza que los borrachos y los niños dicen la verdad, en este caso, mi amigo (que no lo era tanto) acertó, porque si hay una característica enrocada como un mejillón en mi carácter desde que era niña, es ésa, que me voy con cualquiera. Con cualquiera que me interese. Mi medio amigo se refería a que me iba con personas sin importancia (para él). También acertaba. A mí, lo que más me atrae de este mundo, es que las personas sin importancia me abran de pronto su corazón. Si en alguna ocasión he pensado en llevar un diario, no ha sido para escribir de esa gente célebre a la que tengo alcance; la gente célebre es, con frecuencia, demasiado autoconsciente de serlo, estudian lo que dicen y racanean su sinceridad, en suma, son un coñazo. Nada como una persona sin importancia. Ese interés mío no tiene que ver con la conciencia social de la que tanto presumen las figuras públicas. No. A mí sólo me mueve el coleccionismo. Soy coleccionista de vidas sin importancia. Mi amigo dejó de serlo, no de golpe, como ocurre con los amigos que no terminan de serlo, fue devorado por la distancia y el tiempo. Visto con perspectiva, me doy cuenta de que no me ofendió el hecho de que me dijera algo que, por otra parte, era verdad, sino su intención de herirme. Los amigos, incluso los que no lo son tanto, siempre corremos el peligro de herirnos tontamente, pero qué desagradable es descubrir que había un fondo de resentimiento, que estuvo siempre ahí hasta en los momentos que nos parecían buenos. Me voy con cualquiera. Dicen que hay dos tipos de personas: los gatos y los perros. Sé que tienen mucho más misterio los gatos, pero yo soy perro, perrilla; no me importa ir detrás de alguien que me interesa, incluso, a veces, de quien no me conviene. Siempre había niños que se quedaban mirando a la banda de música desde la acera y otros que la seguían, perrillos, bailando. Más de una bronca me llevé por ser tan perrilla. Hay dos tipos de escritores, los perros y los gatos. Los perros tienen menos prestigio, los críticos suelen llamarles realistas o, si les quieren hacer más daño todavía, costumbristas. A mí no me importa la palabra, sino la mala baba con que se escupe. Pero en fin. A este carácter mío de canino el Internet le va como anillo al dedo, aunque lo haya criticado y lo critique. Como internauta que soy pienso que no está de más que los padres, a veces tan ajenos, se pongan al día en las posibilidades que tiene este juguete, porque a veces es sólo eso, un juguetito. A mí me gusta jugar con esta cosa. El placer a menudo tiene sus peligros, claro, pero los perrillos, ay, no sabemos resistirnos. Será que entre mi lista de amigos hay demasiada gente jovenzuela, el caso es que, lo confieso, soy de Facebook. Facebook es como un gran corro de la patata. La definición no es mía, se la debo a un escritor con el que comparto bastantes cosas (él es gato, por cierto), y creo que es acertadísima. En principio, "el corro de la patata/comeremos ensalada" no tiene límite en el número de participantes, así que hay páginas de Facebook, sobre todo aquellas de adolescentes, que tienen registrados más de mil amigos, con lo cual es casi imposible el control de la información. Pero es que, además, las inocentes criaturas exhiben las fotos de novios, fiestas y lotes, sin pensar en que la vida no consiste sólo en el presente. Esas redes sociales, sobre las que ahora tanto se teoriza, han permitido que cada individuo se convierta en un personaje del Hola, un Hola popular, que en tu círculo interesa tanto como el Hola ortodoxo. El caso es que ese uso temerario e imprudente del Facebook ha provocado que comiencen a aconsejarse unas recomendaciones de uso, como en los medicamentos: no hay que dar demasiados datos personales, hay que reservar eso que se llama intimidad y tener conciencia de que te estás exhibiendo. Surgen otros problemas bastante chocantes: mamá (por ejemplo, yo) se hace de Facebook y quiere ser amiguita de sus hijos. Ella (yo) lo ve clarísimo, entonces ¿por qué sus hijos no quieren jugar con ella al corro de la patata? Pues porque mamá es un coñazo y ellos saben que acabará metiendo las narices en la página del hijo. Para espiar. Las mamás son espías de nacimiento y no lo pueden evitar. Además, el hijo puede reprimir sus bromas si sabe que mamá espía su página, pero no puede controlar las bromas de sus amigos, así que lo más aconsejable es marginar a mamá, al jefe y a los amigos que no lo son tanto. De todas formas, a veces ocurren cosas extraordinarias; yo ahora, por ejemplo, tengo un amigo filipino, un tal Henry Lindo; me localizó en el Facebook y me envió este mensaje: "Su nombre me hace feliz, era el nombre de mi madre, murió hace unos meses y la echo tanto de menos". Lo dicho, me voy con cualquiera. -

Y tú, qué eres?

El original aquí